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La breve historia de Martín Roca. Capítulo 5.

Martín me contó que había huellas por todos lados. Que estaban poco definidas en su mayoría pero que, al menos una o dos de ellas, tenían un perímetro claro y firme. Observándolas de cerca, pudo comprobar que esas huellas pertenecían a unos pies descalzos. Le ilusionó la idea de poder contactar de nuevo con la policía, esta vez presentando evidencias más sólidas. Sin embargo, al mismo tiempo, sintió pavor de su propia vivienda. Quien fuera el que entró a su apartamento, lo hizo por la noche. Mientras él dormía. Pudo imaginarse una figura desconocida acechando desde la penumbra. En el umbral de la puerta de su dormitorio. Una figura encorvada sobre su cuerpo tumbado. Mirándolo muy de cerca. Entró en pánico y, por primera vez en muchos años, decidió no hacer sus ejercicios matinales y bajó a desayunar al bar más cercano de casa. Martín no sabía si llamar o no a la policía porque se había sentido humillado la primera vez que los llamó. Sin embargo, ahora tenía la cer...

La breve historia de Martín Roca. Capítulo 4.

En los días posteriores a aquella conversación, pude ver cómo Martín iba desmejorando cada día. Tanto su aspecto como su ánimo parecían empeorar cada segundo. Después de que me dijese aquello, lo de que algo andaba mal en su casa, me sentía en la obligación —en el deber moral o qué sé yo—, de hablar con él. Ya me entiendes, preguntarle si todo andaba bien por allí. Así que, cuando vi que se levantaba y se acercaba a la máquina del café, me levanté tras él y lo abordé sin más. —Martín, tío. ¿Todo bien? —le dije. Él me miró. Estaba más pálido de lo normal y sus ojeras llegaban hasta el centro de su cara. —Llevo días sin pegar ojo… —me dijo. Me contó que trató de asumir que, de alguna manera, la huella de barro la había dejado él. Sé que suena un poco a paranoico, pero paranoico es el mejor adjetivo para describir a Martín. La cuestión: asumió que él mismo dejó esa huella, sabe Dios cómo, en mitad de su pasillo. Así que, la limpió bien, desinfectó con l...

Friburgo

            Me desperté sobresaltado. Había soñado que vivía en una casa compartida con un tipo y una tipa con los que no me entendía demasiado bien pero que me esforzaba por aparentar normalidad y cierto nivel de complicidad. La casa era una mierda, no había persianas y el sol no te dejaba dormir después del amanecer. Había que saltar una especie de barranco antes de entrar por la puerta y tenía musgo y escurría y era peligroso de cojones cuando había llovido. Además, la casa estaba como en obras, sin acabar, con polvo de cemento flotando por todos lados y ladrillos vistos detrás de unas fotos viejas. Todo era decadente y a la vez cómodo, así que no fue eso lo que me sobresaltó. Lo que me hizo despertar agitado fue que, en el sueño, mi padre tenía una amante y mi madre le obligaba a confesar allí mismo, delante de mi casa en ruinas. Entonces, yo asentía recapacitando en silencio y le decía a mi padre: «Ya hablaremos» , y me v...