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La muerte del antihéroe (ultima potum)

  —Me he fijado en que casi todas las cosas que escribes giran en torno a una conversación —me dijo mi mujer. —¿Y qué coño tiene que ver eso con estar completamente seco? —le contesté yo. Llevaba más de dos horas sentado frente al teclado y era incapaz de encajar un par de frases con sentido. Llevaba más de dos meses sin sentarme frente al teclado. —Solo te digo que igual te hace falta eso: hablar con alguien. —Me hace falta volver a ser yo —dije cerrando la tapa del portátil—. Volver a la noche, a los bares, a mis borracheras y a mi falta de tranquilidad. Y eso no volverá nunca. Instintivamente, rebusqué entre mis bolsillos un paquete de tabaco. Pronto recordé que ya no era fumador. —¿Por qué esa necesidad? —me preguntó. —¿Qué necesidad? ¿A qué te refieres? —Me refiero a que no entiendo la necesidad de ser un tipo autodestructivo. Yo negué con la cabeza. —No hay ninguna necesidad de ser autodestructivo. Es que soy así, no es algo que pueda elegir… —perdí la m...

la excepción del sacerdote

  Todo empezó el día en que oí cómo alguien me llamaba por mi nombre desde dentro de mi mujer. En un principio, lo achaqué a los largos periodos de tiempo que me pasé experimentando con alucinógenos. Era habitual en mí el uso de hongos, PCP, LSD, ketamina, éxtasis y otras sustancias durante los primeros años de mi edad adulta, por lo que no es del todo raro que de vez en cuando me despierten gritos que nadie da o me acechen sombras que no existen. «Capullo, deja de pensar que soy fruto de tu mierda de cerebro. ¡Te voy a joder de lo lindo!» me dijo esa voz, una vez, mientras mi mujer dormía. Esa misma noche, había mezclado whisky con un par de barbitúricos para conciliar el sueño, así que no estaba del todo seguro de haberlo soñado. ¿Qué me hizo percibir, entonces, que aquello se salía de lo normal? , podrías preguntarte.  La respuesta es sencilla: mi mujer salió del cuarto de baño de nuestro apartamento y se dirigió al salón. Se colocó frente al sillón donde yo est...