sopla el viento sin parar
Llevaba varios días apático. Con esa sensación que ya conocía. La experimenté por primera vez cuando empecé a darme cuenta de que trabajar en un centro de rehabilitación para yonkis no era para mí. Es una emoción rara: no estaba triste ni cansado, pero sí más triste y cansado de lo habitual. Sólo era un día más de mierda. Un miércoles en el que el despertador suena y tu cafetera empieza a cantar cuando aún es de noche. Un madrugón injustificado por un sueldo que no logra mantener a mi familia, la esclavitud del siglo XXI amparada por los cojones de Papá Estado . Yo y mi dosis de cafeína a medias de subir . Yo, dentro de un uniforme incómodo, lleno de mugre que no sale por más que lo laves, con olor a humedad y que provoca irritación en la piel. Yo y mis manos agarrando el volante de un coche que no me puedo permitir. Yo y el día a día. Arranco el vehículo y encaro la rampa que sale a la calle des...